jueves, 11 de octubre de 2007

Pollo a la parrilla (con guarnición)

Hice toda la primaria en la Escuela Nº 11 Florentino Ameghino. En la época en que yo fui, entre 1977 y 1983, era considerada escuela modelo. Típica escuela pública. Enorme. En la vereda, mirando el Parque Saavedra, dos estatuas, una de Sarmiento y una de Ameghino. De frente a la puerta principal te chocabas con el salón de actos. Siempre me prometo volver para ver si era tan grande como lo recuerdo, pero era un teatro de dos pisos, con las filas de butacas como las de cine, un piano y el escenario con telones adelante, a los costados y atrás y camarines abajo, todo con pisos de madera. Subiendo por las escaleras de mármol te encontrabas con la biblioteca. La biblioteca lo era con todas las letras, quiero decir con esto que no era un depósito de libros, los pisos de parquet brillaban, las estanterías eran de muy buena madera, la bibliotecaria tenía pinta de bibliotecaria, con sus anteojitos y sus fichas para cada alumno muy ordenaditas en los ficheros de chapa y había varias mesas donde sentarse a leer o hacer consultas.
En la planta baja había un enorme gimnasio cerrado con un techo altísimo en el que formábamos, hacíamos gimnasia y pasábamos los recreos los días de lluvia. Pero los días que no llovía íbamos al patio exterior, inmenso, con lajas enormes. Había lugar para todos y para todo en ese patio. Contra las pardes que daban a las aulas se jugaba a las figuritas: chupi, tapadita o revol; los espacios de tierra y la jardinera que rodeaba al mástil eran aprovechados para jugar a la bolita, en una de las paredes había unas puertas de chapa bastante grandes, tapaban unos gabinetes que por lo que recuerdo estuvieron siempre vacíos, esas puertas se usaban como “casa” para la mosca ¿Se acuerdan de la mosca? Uno saltando en una pierna perseguía a los compañeros y cuando tocaba a otro este se transformaba en mosca y los demás lo mataban a patadas hasta que llegaba a la “casa” y desde ahí salía en una pierna a perseguir a los otros. Si se cansaba podía volver a la “casa” para descansar sin que le peguen. De punta a punta se corrían carreras en las que brillaba Luis Salim entre mis compañeros de grado.
En ese patio había también varios árboles, algunos plátanos, que son esos árboles que tienen hojas como las de la bandera de Canadá y varias moreras, algunas de moras blancas y otras de moras oscuras. Los árboles se usaban para jugar al poliladron. El plátano era la cárcel y la morera más cercana era la cueva de los ladrones. De la cueva de los ladrones precisamente sacábamos las hojas para alimentar los gusanos de seda.
No se de dónde había sacado tantos gusanitos aquel año en que la perra le comió los zapatos a mi mamá, como conté ayer. Eran cientos, muy chiquitos, recuerdo que volvía todos los días con las hojas en los bolsillos para darles de comer y era un lío bárbaro pasarlos de las hojas viejas a las nuevas. Los guardaba en una caja de zapatillas Topper, las viejas, que eran medio violáceas. Cuando pasó un poco la tormenta por el desastre de la perra mi papá se dispuso a hacer su especialidad: Pollos a la parrilla. Ese mediodía venían mis abuelos a comer a casa por el día de la madre. En el quincho, junto a la parrilla, mi papá tenía una vieja mesa libro en la que apoyaba todo lo que iba usando, además del vaso con Gancia, el queso y las aceitunas de la picadita y la radio Noblex 7 mares. Mi mamá preparaba un menjunje con limón, manteca y romero con el que mi viejo pintaba los pollos cada vez que los daba vuelta. Yo me quedaba junto a mi papá charlando y escuchando tangos y boleros mientras duraba la ceremonia.
Esa mañana había llevado la caja de los gusanos de seda y la había dejado sobre la mesa, junto a la fuente con los pollos y la cacerolita con el menjunje, en un momento me apoyé con fuerza en una de las puntas de la mesa y la tapa cedió. Todo fue a parar al suelo. Los cientos gusanos de seda caminaban sobre los pollos que nadaban en el menjunje que se iba comiendo el color de las baldosas del quincho. Un desastre total que se sumaba al episodio de la perra y los zapatos. Creí que ese día me mataban en serio, no había forma de justificar nada.
Lo que recuerdo con posterioridad a mi corrida maratónica para que no me alcancen, es que mis abuelos me encontraron en la esquina de mi casa, cabizbajo y con cara de desgraciado. Les dije que no podía volver a casa y les conté todo lo que había pasado ente las 9 y las 11:30 de la mañana. No sin trabajo me convencieron de que entrara con ellos así no me pasaba nada.
Hoy es una de las anécdotas más divertidas de mi infancia, pero aquel día de la madre fue realmente de terror y debe haber sido uno de los más terribles para mi vieja.
El disco de hoy de las ardillitas de la ginebra, lo elegí como regalo a mi abuela, que las amaba y que fue la que me apañó aquel domingo para que pudiera volver a mi casa y comprobar con mucha pena, que los pollos, convenientemente lavados, estaban dorándose en la parrilla, pero los gusanos fueron a parar todos a la basura.
Hasta la próxima.

5 comentarios:

Marta dijo...

¡¡ Me has hecho reir tanto !! Como te dije en mi comentario anterior, ese Día de la Madre fue funesto, pero ha servido para engrosar el anecdotario familiar. Pasada la bronca de aquellos momentos, no ha faltado oportunidad para que recordemos con carcajadas todos los desastres ocurridos. Lo que te faltó añadir como condimento es que, al caerse la mesa con menjunje, gusanos de seda y hojas de morera, se rompió todo lo que había arriba: platos, vasos y fuentes. ¡¡ De órdago !!
Las moreras tienen, además, la otra historia de cuando vos y tus hermanos se quedaban en el parque Saavedra juntándolas y comiéndolas: volvían de color violeta desde la cara hasta el guardapolvos y, si ese día había llovido al ir a la escuela, se olvidaban los paraguas al lado del árbol ... La pucha, che, cuántos recuerdos ...

Darienzo dijo...

Impresionante lo del simple de Las Ardillas! Recuerdo ese disco desde que era chiquito, pero jamas habia visto su tapa! Pero me acuerdo perfecto la etiqueta negra con letras amarillas de Odeon Pops, y hasta de otro simple de las Ardillas con un tema que decia "la miel la miel la miel es muy pegadiza".
Gracias!

Cristian dijo...

Muy buena la anécdota,y como tantas veces te repiten ¡QUE BUENA MEMORIA!.

Anónimo dijo...

Como siempre muy buenas tus anecdotas algunas de risa y otras que me hacen llorar, pero esta anecdota recreo mi imaginacion a mil ,me imaginé todo ese momento como si hubiera estado ahi,viendo la cara de tus papis queriendote matar y vos con cara de cordero degollado apoyado en una pared de la esquina con terror de llegar a tu casa jajajajaj como es la imaginacion te ví con un plush azul,un pantalon gris topo y unos zapatos acordonados color marrones bien lustrados.Muy linda la nota.
Que tengas un buen fin de semana

El Metepúa dijo...

Bueno, no, esa no era mi ropa de domingo al mediodía, es más, los pantalones gris topo los empecé a usar en el secundario para el uniforme, aunque claro que sin plush. Yo vestía más sport.
Calculo que en esa época debía tener un Joggin, probalbemente sin marca, hecho por Nené, que después los vendía a los negocios. Tal vez era la época en que se usaban con medias de toalla, por arriba del pantalón y con zapatillas Jaguar o Bochin de cuero (no daba el presupuesto para las Adidas en esa época) Saludos.