jueves, 25 de octubre de 2007

Et, couché dans l’herbe, il pleura

Siempre fui un desastre para los idiomas, recuerdo que en el secundario teníamos los primeros tres años de inglés y los últimos dos de francés. En inglés no tuve mayormente problemas, Alejandro Martínez, que se sentaba delante de mi, hacía muchos años que lo estudiaba en un colegio privado y lo manejaba sin problemas, así que se agachaba un poquito en los exámenes, yo me copiaba tres de las cinco preguntas y aprobaba seguro. Pero en francés la cosa era distinta, la profesora tenía fama de ser muy brava, apodada la China, no sólo tomaba escritos, sin también oral, y si bien yo zafaba bastante en el azar de las lecciones, me había hecho pasar un par de veces y había patinado como soñador de Tinelli y me estrellaba más de lo que me lucía.
En aquella época, de la mano de no se cuál de todas las reformas educativas, cuando faltaba un mes para la finalización del año lectivo se dividía a los alumnos entre los que no aprobaban, que iban a recuperatorio y los que si aprobaban que debían “profundizar conocimientos”. No se en qué momento cometió el error, pero cuando leyó las dos listas a mi me dejó del lado de los que profundizaban. Me quedé quieto y callado, no fuera a ser cosa que se avivara y me dispuse a traducir el texto que me dieran, que en eso consistía la tarea.
Tenía libros de Asterix, poemas, textos desconocidos para mí y Le Petit Prince, de Antoine de Saint Exupéry. La suerte estuvo de mi lado, me tocó El Principito. Tenía en casa el libro en castellano, lo había leído varias veces y era de mis preferidos. Recuerdo que fotocopié el dibujo del principito tirado en la hierba con la frase del título de esta entrada. Por supuesto aprobé Francés sin problemas gracias al error de La China Batista y el pequeño príncipe.
Un tiempo antes, en segundo año del secundario, me habían dado para leer El Principito, era principio de año, aun hacía calorcito y yo todavía prefería andar con mis amigos y amigas que encerrarme a leer un libro. El único recuerdo del niño que tenía era el de un muñeco de cerámica esmaltada que mi mamá tenía de adorno y al que de tanto caerse de la repisa, se le habían partido varios rulos y las puntas de la bufanda blanca. En aquella época una de mis primas empezaba a estudiar Filosofía y Letras y le pedí que me hiciera un resumen del libro como para que pudiera ir al colegio y hacer de cuenta que lo había leído. Es imposible me dijo, no se puede. Pensé que me lo decía para obligarme a leerlo, pero tuve que creerle porque la tarde pasaba y si yo no me ponía a leer y ella no me lo explicaba al otro día iba a terminar aplazado.
Era cierto, hay cosas que no pueden explicarse, hay cosas que se sienten y se disfrutan, el perfume de los tilos en las calles de La Plata a mediados de diciembre, salir muy temprano a la mañana de la Terminal de Tres Cruce y sentir en la cara que otra vez estoy en Montevideo, el gusto de una frutilla, los ojos de Alejandra cuando me mira, el cariño de mi hijo cuando me abraza porque si, Tomara de Vinicius de Moraes o El Principito son algunas de esas cosas. Uno las diferencia, las busca, las necesita, las recuerda, las añora, las relaciona, pero no puede explicarlas. Y si no me creen hagan la prueba, busquen esas cosas que les hacen bien, las que más necesitan, y traten de explicárselas a otro sin que todas las palabras del mundo les queden chicas.
Podría detenerme acá y copiar algunas de las frases más conocidas del Principito, hablar de la rosa, del zorro, o contarles que cuando le mostré a mi hijo el dibujo de la boa me dijo que era un elefante y no un sombrero. Sin embargo desde anoche estoy bastante inquieto con el tema de las elecciones y los candidatos y los comentarios de la gente y fue pensando en eso que recordé la descripción de los adultos que hace el Principito a partir de los habitantes que fue encontrando en los distintos asteroides hasta que llegó a la tierra. El primero estaba habitado por un rey. “Hay que exigir a cada uno lo que cada uno puede dar – continuó el rey – Ante todo, la autoridad se funda en la razón (…) Yo tengo derecho a exigir obediencia porque mis órdenes son razonables”
Como cada vez en casi todas las elecciones desde que comencé a votar en 1989, no tengo un candidato al que apoye con el convencimiento y el fervor con el que defiendo mis ideales. Esta vez, al contrario de la mayoría de las veces, voy a votar por alguien, pero más por miedo al crecimiento de la derecha que espera agazapada detrás de los candidatos que esperan dar el salto que por acuerdo o expectativa. Sin embargo no me molesta tanto lo que digan, callen, hagan o dejen de hacer los candidatos, lo que me aterra es que veo como cada vez más lejana la posibilidad de que los sueños se concreten, y no precisamente por la falta de candidatos potables, que no los hay al menos entre los 4 o 5 que mandan en las encuestas, sino porque no veo que la gente esté dispuesta a esos cambios.
Doy vuelta el planteo del rey y me doy cuenta que en realidad somos nosotros los que no queremos que las cosas cambien, los que no estamos dispuestos a arriesgar las miserias que tenemos con tal de animarnos a soñar un mundo mejor, un país mejor, un día mejor al menos. Nosotros no podemos exigirle a la clase política que sea mejor porque en realidad nosotros no lo somos. Discutimos si el tomate está caro o barato porque no queremos ponernos a pensar en que hay chicos que mueren de hambre, porque después de todo nuestros chicos no mueren de hambre; y no decimos nada de los índices de analfabetismo y las generaciones perdidas, porque mal que mal nosotros tenemos nuestras computadoras para escribir o leer estas cosas; y nos llenamos la boca hablando de justicia y mano dura cuando le roban la casa o el auto a alguno “de nosotros” pero sin embargo damos vuelta la cara y no pensamos que la violencia en realidad no la generan los pobres, sino este sistema que amontona gente sin esperanza, sin valores, sin sueños, sin horizontes y sin armas para ganarse la vida de una manera digna.
De una vez por todas deberíamos ponernos de pie, entender que la democracia no tiene que ver solamente con elegir candidatos cada dos años, democracia es, ni más ni menos, gobierno por y para el pueblo, y el pueblo somos nosotros. Estaría bueno que de una vez por todas empecemos a soñar, a comprometernos, a solidarizarnos y a entender que al país que merece ser vivido hay que construirlo entre todos, y que no alcanza con que el tomate esté barato o el INDEC mienta o diga la verdad o vaya preso el ladrón de gallinas. El país de nuestros sueños no puede tener chicos muertos de hambre o analfabetos, adolescentes sin sueños, adultos sin trabajo y expectativas o viejos sin remedios ni dignidad.
Tenemos que animarnos a soñar, el país de nuestros sueños debe tener rosas que nos alegren con su belleza, puestas de sol que nos espanten las tristezas, zorros que nos domestiquen, campos de trigo que nos recuerden a nuestros amigos y estrellas que suenen como cascabeles. Pero ese país se construye entre todos y esa construcción probablemente en algún punto duela.
El disco de hoy es precisamente la versión en francés de Le Petit Prince, en las voces de Gérard Philipe, y Georges Pujouly. Si hubiera estudiado como debía en el secundario tal vez podría disfrutarlo un poco más. Por suerte todavía tengo mi Principito en castellano al que recurro cada tanto, para recordar que lo esencial no se cuenta, ni se gobierna, ni se posee, lo esencial se sueña, porque en realidad “Lo esencial es invisible a los ojos”.
Hasta la próxima.

8 comentarios:

Marta dijo...

Al votar, será importante no perder los sueños que tenemos. "El tiempo que perdiste por tu rosa" ...etc. Ya lo dijo Antoine, poniéndolo en boca de El principito.

.:*:. Ferípula .:*:. dijo...

Qué lindo lo que escribiste.
Yo estoy con pocos sueños...a la hora de votar.
Pero bueno, es como decís vos,
no hay que dejar de soñar.
El Principito y Juan Salvador Gaviota fueron mis compañeros, también.
Un abrazo!

Cassandra Cross dijo...

Don Metepúa:
Soy una lectora muy asidua del blog, aunque no he comentado nunca (o al menos no en un tiempo largo...), pero lo que escribió acá realmente me toca la fibra. Soy de aquellas personas que tuvieron la suerte de leer El Principito sin ningún tipo de condicionamiento externo: no tuve que leerlo para el colegio, ni vino una persona a recomendármelo específicamente. Simplemente, fui una nena de 6 años buscando algo qué leer en una biblioteca con escasos títulos "apropiados" para mi edad (la biblioteca de mi casa nueva, donde mi mamá guardaba sus apuntes y colecciones del terciario). Cayó en mis manos la edición que le habían regalado a ella cuando tenía trece años, más o menos. La devoré en una tarde de sol, deteniéndome con especial avidez en el planeta del geólogo, en los diálogos con la rosa, en el encuentro con el zorro y la secuencia del desierto, cuando el Principito vuelve a casa. En ese entonces había todo un subtexto que se me escapaba.
Retomé la misma lectura varias veces a lo largo de los años, y pude profundizar un poco (ya universitaria) en las motivaciones de Saint-Exupéry para escribir esa obrita que aún hoy da de qué hablar.
Me gustaría mucho poder escuchar el disco que menciona aquí. Y hoy, en un viernes que preludia fin de semana electoral, me permito sonreír melancólicamente: estoy viajando al mismo lugar y a la misma biblioteca donde todo comenzó, con ganas renovadas de tirarme en el pasto a hojear esa vieja edición. Todavía la conservo, esta vez en una biblioteca propia que fue creciendo oonmigo, pletórica de Robin Hoods y "rojitos" de Biblioteca Billiken.

Saludos y buena vida...

El Metepúa dijo...

Es que me parece que la concreción de los sueños no tiene que ver con las elecciones tal como las conocemos nosotros. ¿Qué hubiera sido de este mundo si no hubieran matado a tantos soñadores? No leí Juan Salvador Gaviota, tal vez ahora lo haga. Lástima que no estemos más cerca para aceptar la oferta de un casal de manones. Saludos.

El Metepúa dijo...

Hola Cassandra, yo te he leído también, me parece que en el blog de Ferípula o en el de Kachivache, aunque leo tantos que a veces se me confunden los límites. Es bueno saber que lo hayas podido leer a los 6 años, siempre dudé cuándo era el momento de dárselo a mi hijo que acaba de cumplir los 7, tal vez es como vos decís y lo puede leer ahora y releerlo a través de los años según sus posibilidades y necesidades. Creo que ahí radica uno de los secretos de este libro, tiene siempre cosas nuevas para descubrir.
Con respecto a las colecciones Billiken y Robin Hood son los libros que marcaron la niñez de todos nosotros, yo heredé una excelente colección de mi mamá, con las hojas amarillentas, ahí conocí a Tom Sawyer, Huckleberry Finn, El Rey Arturo, el mismo Robin y tantos más, y de los “Rojitos” recuerdo Príncipe y Mendigo, seguro, y creo que La cabaña del Tío Tom. Qué lindas épocas aquellas en las que uno agarraba un libro porque si y lo devoraba sin demoras. También como vos, aunque unos años después, buscando entre los libros de mi vieja encontré la colección Losada y conocí a Neruda, Miguel Hernández, García Lorca y todos los poetas prohibidos por el franquismo que eran editados acá. Aun hoy no puedo dormirme sin antes leer aunque sea un par de páginas. Ojalá se te de y puedas tirarte en el pasto a releer alguno de esos viejos libros. Saludos.

Anónimo dijo...

Hola
La verdad,que es muy hermoso lo que escribiste te diría que nuevamente,me emocionó,yo tuve la suerte que después de tantos años me hayan recomendado tanto que leyera al principito ,perdí tantos años de una lectura tan bella con tantos mensajes que ahora está pegado a mí.Lo leí varias veces en casi un año.Pero ahora me atrevo a preguntarte...¿cómo es que nunca leíste a Juan S gabiota de Bach.
El sabor de las frutillas,el aroma a tilo,Vinicius .Cuantas cosas bellas que endulzan el alma.
Buen fin de semama Metepúa.

Cristian dijo...

Si vienes a las cuatro de la tarde comenzaré a ser feliz desde las tres...NO te lo digo a vos eh jajjaj.
Los ritos son necesarios.
Muy bueno el libro,el disco no lo escuché ya lo pediré prestado ,me hiciste acordar,lo tengo que devolver,antes que me lo vuelvan a pedir.Un abrazo che.

Angel de la soledad dijo...

Que significa domesticar,significa crear lazos.No soy para tí mas que un zorro.
No se ve bien sinó con el corazón ,lo esencial es invisible a los ojos..Y podría estar todo el día así
Todos tenemos un niño interior reconciliémosno,y dejemos que ese niño nos domestique.
No pierda la oportunidad de leer JUAN SALVADOR GAVIOTA,donde se habla del verdadero significado del amor y la bondad..E ILUSIONES otro bello libro,sobre un hombre rodeado de milagros,perseguido por una dama,que vivía a la vuelta de una esquina del tiempo