martes, 17 de julio de 2007

Feliz cumple Gorda

Los martes son un día muy complicado para mí. Salgo de casa antes de las 8 de la mañana y no regreso hasta la hora de la cena, por lo general bastante cansado. Por eso las entradas de los martes, a no ser que pueda escribirlas el día anterior, suelen ser muy escuetas.
Este martes va a ser todo lo contrario, pero sólo porque lo que voy a subir fue algo que escribí hace bastante tiempo.
Hoy hubiese cumplido años mi abuela Porota, la gorda, la mamá de mi papá. Yo era muy chico cuando ella falleció, estaba por cumplir los 8. Sin embargo guardo innumerables recuerdos de los momentos compartidos con ella.
Copio entonces algo que le escribí hace algunos años y lo acompaño con la tapa de este disco simple de Zapata, no porque alguno de los temas tenga que ver con ella, sino porque el pelo blanco, los ruleros y hasta el vestido me hicieron recordarla y porque renunciaría a muchas cosas por poder abrazarla y entregarle un ramo de flores como aquí hace Rodolfo Zapata.
Hasta la próxima.


La casa de mis abuelos era así de grande. Según la confianza que tuvieras podías entrar por el pasillo del costado, o tocar timbre y esperar a que te atiendan por el zaguán. Yo siempre entré por el costado.
En la esquina ya empezaba a sonreír, abría la pesada puerta de hierro forjado y empezaba a correr. Antes de llegar al final del pasillo ya se escuchaba el ruido de la máquina de coser; una maceta, dos macetas, mil macetas, los rosales trepadores cubiertos de flores, el jazmín del país más rico que haya olido en mi vida, los helechos serrucho, la galería y en la tercera pieza, la que te quedaba justo en enfrente, mi abuela, que ya me había presentido, hacía a un lado la costura, se bajaba los anteojos hasta la punta de la nariz y se crucificaba abriendo los brazos lo más que podía para que yo me le colgara del cuello y la llenara de besos. Era linda la gorda, el pelo blanco, los ojos claros y una sonrisa... ¡Qué sonrisa!. Cosía todo el tiempo, compraba metros y metros de tela, los cortaba , les daba forma y ahí andábamos todos los hombres de la familia con los mismo pijamas, iguales calzoncillos e idénticas camisas, como gemelos de las más diversas edades.
En la misma pieza donde ella cosía estaba el televisor, blanco y negro por supuesto. Eran épocas de zetas marcadas en la panza y de la momia blanca paralizando de un golpe a Pepino, no me olvidé nunca de la noche en que mi primo me dijo que los titanes se pegaban de mentira y yo salí corriendo a rogarle a mi papá que me dijera que no era cierto.
También en esa pieza había un aparador gris lleno de platos, vasos y servilletas y una heladera enorme. Ahí comíamos, se ponía un mantel escocés celeste y blanco o azul y rojo, los platos Durax, (por aquella época todavía se discutía si se rompían o no, aunque nadie se animaba a tirarlos contra el piso), y después si, la entrada de cabellos de ángel, el plato principal y fruta o queso y dulce. Todo un menú. Ahí se detenía el tiempo, desaparecían las urgencias, se comía despacio, tranquilo, “todo o si no, no te levantás de la mesa”.
Los domingos eran distintos, llegábamos a media mañana, pero mi abuela no estaba cosiendo, estaba en la cocina, las manos llenas de harina, el delantal lleno de harina, la cara llena de harina y la mesa llena de ravioles caseros, los cortaba con unas rueditas que no sé donde habrán ido a parar. Había que llamarnos varias veces a mi primo y a mi para que fuéramos a comer. Mi abuelo nos había hecho un arco para que jugáramos al fútbol, la cancha iba desde el gallinero hasta las plantas de tomate; ahí nunca crecía el pasto. Del otro lado no se podía jugar porque estaba el limonero, donde colgaban la jaula del canario, y el naranjo, que nunca dio una naranja que pudiera comerse.
Terminábamos las pastas, el budín de pan y otra vez a patear al fondo. Mi primo era más grande y me ganaba siempre, pero yo no perdía las esperanzas.
La casa de mis abuelos era así de grande. Cocina grande, piezas grandes, patios grandes, corazón grande. Nunca voy a divertirme como lo hacía en esos tiempos. Pero, como dice el vals, los años han pasado terribles, malvados.
Mi abuela se fue antes de poder cambiar el viejo Winco por algún aparato más moderno e importado de los que empezaban a llegar por esas épocas. Tal vez porque era demasiado buena para ver las cosas que pasaban en aquellos años.
Cuando era chico fantaseaba con que algún día volvería a verla al doblar la esquina, hoy cada vez que lo necesito recurro a mi memoria y compruebo complacido que recuerdos como esos no se borran nunca.

5 comentarios:

Leo dijo...

Jorge
Muy emocionante y emotivo.
Cambiando detalle mas, detalle menos
mi historia es la misma.

Un abrazo

marianart dijo...

Que buena la entrada de hoy...
Me hiciste llorar. Tuve la suerte de tener a mi abuela hasta febrero de este año. Es un tema que me pone muy triste, pero vos me hiciste recoradarla y llore de emocion...
Saludos

Del Rio Rec dijo...

Y si amigo, sin duda la emoción amerita para una gran noticia, que un
ícono retro infantil vuleve a editarse después de tanto tiempo. Si Hijitus en DVD por primera vez y en calidad Digital. Sin Duda es una gran noticia y me imagino que estarás preparando un post especial para este gran acotencimiento.Si queres imagenes de lo que va a ser la gráfica de este dvd y su historieta lo podés consultar de mi página.

SAludos y como siempre lo suyo es excelente.

Marta dijo...

La abuela Porota fue nuestro Angel de la Guarda. Supo mantener a la familia unida hasta que se fue, muy joven pero demasiado desgastada. Brindó todo de ella, con generosidad, con alegría y con tanto amor que no cabía en su cuerpo grandote. En las mangas siempre guardaba "los pañuelos de los nietos", y nunca se olvidaba del que le correspondía a cada uno a la hora de limpiar mocos.
Era mi suegra, la quise como a mi mamá y las extraño de la misma manera a las dos. Un monumento a "la Gorda" no podremos levantarle, pero su ejemplo hace que no podamos olvidarla nunca. Ese es nuestro mejor homenaje. El que no le pudimos o supimos dar cuando amasaba para todos, preparaba sus budines de pan o sus inolvidables matambres, nos cuidaba, nos aconsejaba, nos comprendía, y encima cosía para toda la familia con tanta alegría y devoción.
A tu abuela Porota, a MI SUEGRA, le dejo el eterno agradecimiento de haberla conocido y disfrutado.De ella aprendí lo que es la solidaridad y eso que yo quisiera que vos aprendieras: "La plata va y viene ... los gustos hay que dárselos cuando se presenta la oportunidad ... A lo mejor mañana es tarde".

Marisa dijo...

Te felicito, es increible lo que escribiste,llore de verdad.Saludos