sábado, 16 de junio de 2007

Esta nota es original

Ayer, aprovechando las ofertas del día del padre, fui a Musimundo y me compré a un precio muy conveniente los DVD originales de Pulp Fiction, y Kill Bill 1 y 2. Es un gustito que hacía rato me quería dar, la oferta era buena y las cuotas con tarjeta lo hicieron accesible. Y son tres de mis películas preferidas.
Me preguntaron por qué había comprado los originales si por 8 pesos podía comprar copias de excelente calidad, con la fotocopia color de la tapa y en algunos casos hasta con el estampado del disco. Y eso me hizo pensar en por qué de algunas cosas me gusta tener el original.
Los adelantos tecnológicos y la masificación de los soportes que ello significó nos transforma en una sociedad que cada vez más se aferra a los artículos piratas, a las copias o directamente al consumo on line de lo que antes sólo podía ser original.
En realidad, hilando fino, lo de original es también una forma de decir, ya que, por ejemplo uno no tenía los discos, los libros o las películas originales, sino las copias que se editaba de ellas, pero no existía la posibilidad de hacer copia de copia.
Y eso me llevó a encontrar un posible motivo por el cual de algunas cosas me gusta tener los originales. Somos una generación, tal vez la última o la anteúltima, que consumía originales, no había fotocopias, no se podían copiar los LP, las películas se veían en el cine y los diarios llegaban a las casas todas la mañanas y no se leían en una computadora.
Pero no sólo eso, los juguetes, la ropa, eran originales. Quiero decir, existía el juguete original o el merchandising oficial y el juguete barato, la ropa de marca conocida y los made in costurera de barrio, pero uno no imitaba al otro y sólo se diferenciaba en la calidad. Cada uno tenía el que podía y ningún rollo. Algunos usaban las zapatillas Adidas, otros las Flecha y otros la Bochín y estaba todo bien, cada cual tenía su modelo distinto y no era necesario comprarse una imitación porque no era necesario aparentar nada.
Es cierto que la posibilidad de reproducir de forma casera lo que antes sólo podía hacer una compañía discográfica masificó la llegada de algunas expresiones artísticas que de otra forma serían patrimonio sólo de la clase más acomodada. Pero también es cierto que antes los discos, la entrada del cine del teatro o del ballet o la ópera, por ejemplo, tenían precios populares y estaban al alcance de todos. Y entonces, en realidad lo que hay hoy es una falsa democracia en la que todos tenemos acceso a lo mismo, aunque sólo algunos pueden llegar al original. Pero hay algo que es más grave y que tiene que ver con las posibilidades que tiene cada clase de interpretar aquello a lo que tiene llegada, y esto es porque la cultura y la educación son cada vez más elitistas. Hoy lo original y lo trucho marcan diferencias sociales y el acceso a uno u otro te convierte en exitoso o fracasado.
Esto nos ha transformado en una sociedad hipócrita que vive del engaño, de la apariencia, en la que el que no cumple con los cánones que impone el sistema no pertenece. Y ya sabemos que pertenecer tiene sus privilegios.
Por eso rescato aquella época en que todos teníamos originales, ya fueran caros o baratos, pero originales y eso nos hacía más auténticos también a nosotros. Debe ser por eso que me gusta tener el original de los libros, los discos o las películas que más me gustan, y debe ser por eso que me gustan tanto los vinilos, que eran si o si originales y eran para todos igual, con la misma calidad, la misma información y el mismo arte de tapa. Hasta la próxima.

1 comentario:

Marta dijo...

¡¡ Es cierto !!!!!!!! Cuando yo era chica o adolescente, no existían las famosas "marcas que marcaban" la calidad de las personas... Nos vestíamos con lo que los padres nos podían comprar, con lo que las madres nos podían tejer o coser, y todo el mundo contento.Teníamos los zapatos para salir y los otros (los Gomycuer, comprados en Grimoldi, porque duraban como los autos Duravit) para ir a la escuela o estar en casa. Las marcas fueron haciendo estragos en los bolsillos de los padres y en la cabeza de los chicos.
Personalmente, nada de eso me sacó el sueño nunca: yo seguí con las viejas costumbres, y mis hijos nunca protestaron ... ¡¡ por lo menos, delante de mí !!