martes, 22 de mayo de 2007

Sueño sueño del alma...

De niños y frustraciones...

El otro día les dije que en algún momento les iba a contar sobre el nacimiento del guitarrista frustrado que se esconde en mí. Algunas cosas que pasaron en estos días me llevan a hacerlo ahora. Aprovecho este simple que está íntimamente ligado al tema. Aunque ciertamente no es disco infantil y poco tiene que ver con los vinilos que mostramos acá, la Zamba de mi esperanza es también un clásico de los clásicos de nuestra infancia.
El fin de semana tuve un intercambio de correos con un amigo del coleccionismo, creo que el primero, en el que nos contábamos nuestros proyectos. Él, desde hace un tiempo, tiene ganas de publicar todo lo que sabe en una revista. Yo, desde hace rato, tengo ganas de armar un pequeño museo de la infancia en mi ciudad, en el que pueda mostrar todo lo que fui juntando en los últimos años y que estoy seguro le traería hermosos recuerdos a más de dos. En mi caso al menos, pero estoy seguro que también en el de él, no persigo ningún fin comercial. Si quisiera plata, seguramente haría más negocio vendiendo todo lo que tengo. El verdadero valor de mi colección, ya lo dije varias veces en estas páginas, está más ligado a lo sentimental que a lo económico. Aunque, claro está, la mayor parte de las cosas hay que comprarlas y muchas veces también hay que vender otras para poder seguir adelante.
Pero más allá de esa falta de ambición comercial la realidad es que es revista no sale por falta de anunciantes y mi museo no se arma ante la imposibilidad de contar con un lugar en el que pueda montarlo. Para que los dos sueños se realicen se necesita plata. Como para todo en este mundo en el que los sueldos son cada vez más baratos y los sueños cada vez más caros.
Tal vez sea bastante frívolo pensar en revistas y museos de la retroinfancia en un país en el que los chicos mueren de hambre o mendigan lástima en los semáforos. Sin embargo creo que todo está ligado.
El desprecio por los derechos de la niñez, por la memoria, por lo nuestro, por lo simple, por los sueños, por los proyectos, por la sonrisa de los chicos, por la esperanza de un mundo mejor, está emparentado con esas frustraciones de las que hablamos. Por supuesto, los sueños nuestros pueden esperar su momento mucho más que las urgencias de tantos chicos. Sin embargo no creo que debamos resignarnos. En el recuerdo y el rescate de esos años en que los chicos eran los privilegiados está también la esperanza de ese mundo mejor, sin niños hambrientos, con el que estaba permitido soñar en aquellos tiempos.
Bueno, finalmente les voy a contar la historia de la guitarra. En mi más tierna infancia (ja) parece que estaba muy de moda que todos los chicos fueran a aprender a tocar la guitarra, así como estaba de moda usar poncho salteño. Todos los chicos tenían su guitarra criolla y siempre había una profesora o profesor en el barrio a donde iban a tomar clases. Dos veces me mandaron, la primera era una amiga de mi vieja, que tenía un loro que vivía trepado al árbol de la calle. Después de intentarlo un tiempo le sugirió a mi mamá que mejor me comprara un bombo legüero porque no daba pie con bola. El segundo fue un profesor, yo tendría 6 o 7 años, no más. Vivía a la vuelta de la casa de mis abuelos. Me acuerdo que la mamá me daba bay biscuit. Como todos los profesores de aquella época empezó por Zamba de mi esperanza. Un clásico que seguramente debe ser la más fácil de sacar. Pues bien, un día la mandó a llamar a mi vieja “Mire señora, si quiere que le siga enseñando va a tener que pagarme más” palabras o menos, ahí se terminaron para siempre las posibilidades de que algún día tocara la guitarra. Me acuerdo que no era ningún De Lucía, para cambiar el tono dejaba de rasgar. Un desastre. Pero también es cierto que era muy chico y tal vez podría haberlo intentado nuevamente cuando las manos me crecieron lo suficiente como para abarcar la guitarra.
A veces me pregunto cuánto pueden haber influido en mi personalidad este hecho. Y sobre todo me pregunto cómo es posible que no entendamos que debemos proteger las ilusiones de nuestros chicos sea como sea y cueste lo que cueste, que debemos brindarles todo lo necesario para que ellos puedan soñar, volar, ser felices. Como diría Mario Benedetti Defender la alegría como una trinchera, como un principio, como una bandera, un destino, una certeza y un derecho. Porque en un mundo en el que los chicos pasen hambre y frío, o se los eduque para triunfar y no para divertirse, en el que les pasemos nuestras urgencias y frustraciones, antes de abonar sus sueños y defendamos su alegría es un mundo que no tiene futuro. Ahí les dejo la única foto que tengo con una guitarra en la mano. Probablemente no iba a ser Skay Beilinson, pero quien te dice, con un poco de paciencia… Hasta la próxima.

3 comentarios:

Marta dijo...

La foto que publicás fue obtenida mientras entonabas textualmente esto: "Zama ... de miperanza ...emanecida comunquerer..." y tenías dos años y dos meses ...
También yo soy una guitarrista frustrada. Mi mamá lo era como pianista, compró un piano y nos mandó a los cuatro a aprender. ¡¡ Qué manera de tirar la plata en ese piano alemán !! Por ser yo la menor, la tortura me agarró cuando Mami ya arrastraba su propia frustración y la de no haber logrado nada con mis hermanos. Así que pagué el pato ... Me mandó con un profesor que me pegaba en las muñecas con una regla para que las elevara (yo tenía 5 años ...), después al Coservatorio de la Pcia., y sólo se dio cuenta de que mis descomposturas antes de partir con el Breyer y el Czerny eran causadas por mi somatización al rechazo al teclado. Ya por esos años, todos los adolescentes andaban con su guitarra al hombro cantando "La nochera" y "La López Pereyra", entonces quise hacer un trueque de instrumentos ... Nones. No querés el piano, no hay guitarra.
Cuando ya tenía a mis tres chicos, quise ir a cumplir mi deseo, pero mis obligaciones eran muchas: plena dictadura, mishiadura y laburar todo el día. Cada vez que intentaba practicar, se me subían a upa los tres, pedían la leche, la guitarra, etc.
Pude sacar los tonos de Zamba de mi esperanza, y de "Que se vengan los chicos". Quise tener un pequeño acompañante de bombo legüero, pero ... no pudo darse.
A esta altura, que ya no tengo voz ni para llamar un taxi (nunca la tuve, yo también quise "ser sapito") no insistiré conmigo, pero sí puedo hacerlo con vos: todavía tenés edad para manejar un traste ...

Marisa dijo...

¡¡INCREIBLE LA FOTO CON LA GUITARRA!!,todavia tenes edad si tanto te gusta ¿por que no?
Mira si a parte de ser un buen escritor , resulta que sos tambien un buen guitarrista.
Ojala puedas tambien cumplir el sueño de poner un museo de tus colecciones,¡¡estamos a tus ordenes¡¡.
Metepua, con todo respeto¿que mas guardas en la manga?MUCHA SUERTE

Rodo dijo...

Hermano, te entiendo y ojalá se te dé tu proyecto, a mi Cromagnon y la estupidez de capital con respecto a las habilitaciones ya me quitó uno, espero que se nos cumplan todos los sueños. Sin dudas para que otros "loquillos" como nosotros los disfruten a nuestra par. Hasta chau Rodo