sábado, 24 de marzo de 2007

Que nos digan a dónde han escondido las flores

Hace exactamente 31 años comenzaba la noche más larga de nuestra historia. La más terrible. La más triste. Hace exactamente 31 años los peores de los peores se juntaban para hacer de nuestros sueños pesadillas.
Se llevaron todo. A los golpes, a las patadas, a los gritos, entraron en nuestras vidas y se adueñaron para siempre de una parte grande de nuestro futuro. Hace exactamente 31 años, se llevó a cabo el último y más sangriento golpe de estado en la Argentina.
Cinco años estaba por cumplir y no llegaba a darme cuenta todo lo que estaba cambiando para siempre, cuánto nos condicionaría lo que estaba pasando.
La casualidad o la suerte quisieron que no sufriéramos en carne propia los crímenes de la dictadura militar. Aunque en realidad creo que todos, los “25 millones de argentinos”, fuimos alcanzados por su política de terror y destrucción, el respeto por aquellos que perdieron a sus seres más queridos hace que me coloque en la segunda línea de las víctimas.
Persecuciones, saqueos, destrozos, desapariciones, cárceles clandestinas, torturas, robos de chicos, violaciones, vejaciones, muertes, la Guerra de Mavinas. Pero además la censura, entrega del país, la destrucción de la educación y la cultura, la instauración del miedo y el no te metás, la mentira, el atropello, la degradación, la prohibición del diferente, la anulación de la creatividad y los sueños y muchos, muchísimos más, son los delitos cometidos por aquellos genocidas en nombre del Estado y el bien común y con el poder del Estado, las armas y las leyes que ellos le habían sustraído al pueblo un día como hoy pero de 1976.
Recuerdo claramente los dos hechos que nos tocaron más de cerca en mi casa. No se el orden cronológico, seguramente estarán teñidos de mucha subjetividad y tendrán mucho de lo que fui escuchando en estos años. Pero sucedieron, y no sólo en mi ciudad, se repitieron en cada rincón del país.
Por esos años mi abuelo Nencio y mi abuela Porota nos pasaban a buscar muy temprano a la mañana a mí y a mis hermanos para llevarnos a la escuela en su Ford Falcon Beige. Mis cuatro abuelos tuvieron mucha importancia en mi crianza porque mis viejos laburaban muchas horas. Una mañana pasaba la hora y ellos no llegaban. En casa en esa época no había teléfono, por lo tanto era imposible saber por qué no venían. Pasada ya la hora en que tendríamos que haber salido, mis abuelos se comunicaron con Lucrecia, una vecina, para decirle que en la otra cuadra de su casa había habido un enfrentamiento, como le decían en aquella época, y no podían salir. El enfrentamiento había sido en una casa de la calle 63 entre 15 y 16 de La Plata. Lo raro es que esa casa quedó clausurada durante muchísimos años y realmente parecía un colador. Un agujero de bala al lado del otro en todo el frente, paredes, puertas, ventanas y portón. Si embargo en la vereda de enfrente no había un solo rasguño.
Otra tarde, estábamos jugando en el pasillo de los departamentos donde vivíamos. Todos los chicos jugábamos juntos ahí, ya lo conté en otra entrada. Nosotros esa tarde estábamos con mi abuelo Pocholo y mi abuela Zuna, o Papi y Mami como les decíamos con mis hermanos. Llegó la policía, o el ejército o vaya a saber qué fuerza. Hizo que todos los vecinos se encerraran en sus casas, cerraran las puertas y ventanas, apagaran las luces y no se asomaran. Y esperaron cobardemente a unos chicos que vivían en el departamento del fondo. Creo que era el 14. Cuando llegaron se los llevaron y nunca más supimos de ellos. Dejaron la casa cerrada y en la terraza, abandonado, al perrito de la familia. La terraza de nuestro departamento era la más cercana a la de ellos y recuerdo que mis viejos le revoleaban comida al perro para que no se muriera de hambre. A los pocos días Don Antonio, el dueño de los departamentos nos permitió llevárnoslo.
Supe no fue el único que se salvó. Hace unos días mi mamá se encontró casualmente con la madre de esos chicos acompañada por su nieta. Una de esos Hijos que no conocieron a sus padres y siguen luchando por su memoria.
Se que este no es un sitio dedicado a la política. Pero si a la memoria. Y si recuerdo día a día a aquellos que nos hicieron felices, o nos entretuvieron, tengo la obligación de recordar a aquellos que se quedaron, muy probablemente, con la posibilidad de un futuro mejor y nos lo cambiaron por nuestro presente de miseria e inequidad.
Por supuesto los dictadores se metieron también con nuestras cosas. Degradaron y le quitaron la honda y las pistolas al Capitán Piluso, persiguieron a artistas como María Elena Walsh, Pipo Pescador y tantos más, cambiaron de dirección la Flecha de las zapatillas y nos quisieron hacer creer que el silencio era salud.
Hoy no hay comentarios de discos. Mil disculpas. Simplemente algunas tapas que marcaron aquellos años, como la de la canción de Boby, Carta a mi hermano por el conflicto con Chile, o la del Mundial 78. Hoy es un día muy triste en nuestro país. Sin embargo, si no olvidamos, si no perdonamos, si seguimos pidiendo justicia y castigo a los culpables, entonces cada vez que escuchemos: 30.000 desaparecidos, podremos decir ¡Presentes! Hasta la próxima.

2 comentarios:

Marta dijo...

Leí tu nota de hoy más de una vez, y siempre sentí un escalofrío. Es terrible recordar todos esos hechos, que vivimos tan de cerca ya que los departamentos de 11 estaban casi pegados a la casa que habitaba el genocida Echecolatz. Cada vez que él o algún miembro de su familia se asomaba a la calle, se cortaba el tránsito, la policía se parapetaba detrás de los árboles, y quienes habíamos tenido la mala suerte de salir para hacer algún mandado en esos momentos, no podíamos regresar a nuestras casas sin ser identificados. Recuerdo una anécdota que, por ahí, podría llegar a ser risueña. Un mediodía llegó Lucrecia a avisarme que en calle 12 había un camión repartiendo Conogol. Ella le había traído a Julia y a Susana. Para hacer más rápido (ustedes tres eran chiquitos y no caminaban ligero)me fui volando para aprovechar la promoción. Después de mucho insistir, logré que me dieran los tres helados que había ido a buscar. Cuando regresaba, el asesino Echecolatz había llegado o se estaba por ir, y no me permitieron pasar. Cuando pude llegar al patio de los deptos., ustedes esperaban ansiosos las golosinas y yo lo único que tenía era los helados derretidos y los brazos chorreados de chocolate. Hasta ese punto se llegaba por ese entonces.
Y hablaste de la terraza. La perrita se llamaba Pancha y su dueña Adelina Alaye, hoy Madre de Plaza de Mayo. Nuestra terraza quedaba enfrentada a la de Echecolatz. No sé cómo hacían para detectar los movimientos en la nuestra, pero si a la noche yo subía a colgar los pañales de tus hermanos (no había desechables ...), en el acto poderosísimos reflectores me iluminaban, y podía ver con total claridad cómo varios tipos estaban apostados apuntando con sus armas.
Epoca terrorífica la que hoy recordamos. Lo triste es que quienes la vivimos ya de adultos, conservamos resquemores, temores, y el pánico intacto de que vuelva a ocurrir.
30.000 desaparecidos: ¡¡ PRESENTES !!!!

Marisa dijo...

Con la nota de hoy, no solamente me agarro escalofrio,tambien me calleron lagrimas, con tu recuerdo, siendo tan chico y la anecdota de tu madre ,,,es como que cada uno de nosotros estubiesemos viviendo esos momentos...
"LO QUE DUELE NUNCA SE OLVIDA"
"Marcha..1.2.no puedo ver tanta mentira organizada ,sin responder con voz ronca mi bronca.bronca por que matan con descaro,pero nunca nada queda claro.."